Un memoir iniciático · Magia · Chamanismo · Amor que trasciende
Mi Viaje Iniciático
"Desde niña aprendí a ver lo que otros no ven —
feéricos en el jardín, sombras que piden ayuda,
la respiración de los árboles.
Cuando Aldo se fue, esa misma mirada
me mostró que el amor no tiene fin."
Un viaje espiritual que comenzó en la infancia y encontró su mayor prueba en el amor a un hijo
Desde niña habité entre mundos: el visible y el que late debajo de él. Mi bisabuela —mujer medicina, bruja y empresaria— me enseñó a meditar, a honrar a los ancestros y a entender que las sombras, como las personas, las hay con todo tipo de intenciones. Esa cosmovisión de magia, chamanismo y espiritualidad fue siempre mi brújula.
Crecí en la cocina de mi abuela, entre el olor a vainilla, almidón y azúcar caliente. Ahí aprendí, mucho antes de poder ponerlo en palabras, que el amor no siempre habla. A veces simplemente permanece.
De niña veía hadas en el jardín y sombras cruzando la casa. Mi bisabuela, una mujer que conocía el lenguaje de las plantas y respetaba los misterios de la vida, nunca intentó convencerme de que dejara de mirar. Me enseñó que la luz y la oscuridad pertenecen al mismo mundo.
Después llegaron mis hijos gemelos: Aldo, Corazón de León, y Sebastián, Hijo del Sol. Durante muchos años pensé que esa sería la historia que contaría. Hasta que Aldo enfermó de cáncer a los catorce años.
Hay un antes y un después de ciertas palabras. Esa fue una de ellas.
Ese camino no me enseñó a vencer el dolor. Me enseñó algo mucho más difícil: a permanecer. A descubrir que incluso un corazón roto puede seguir siendo un lugar fértil.
Loto en Flor nace de esa certeza. No escribo porque tenga respuestas. Escribo porque sé lo que significa buscar una pequeña luz cuando todo parece haberse quedado a oscuras. Y porque creo que, a veces, una historia contada con verdad puede iluminar el camino de alguien más.
— Claudia
Un testimonio de magia, pérdida y el amor que trasciende la muerte
Loto en Flor nace del amor entre una madre y sus hijos cuando la vida les pidió recorrer un camino que nadie elige.
Es la historia de Aldo, Corazón de León; de Sebastián, Hijo del Sol; y de la travesía que emprendimos cuando el cáncer llegó a nuestra familia.
Pero también es la historia de una búsqueda mucho más antigua: la de una mujer que, desde niña, aprendió a mirar más allá de lo evidente y que, frente a la pérdida, descubrió que incluso el silencio puede convertirse en una forma de música.
Nuestra campana nunca sonó.
Y, sin embargo, su eco sigue alcanzando corazones.
Si algo en estas páginas resonó contigo — si sabes que hay más magia en el mundo
de la que nos enseñaron, si cargas un duelo que no cabe en los moldes convencionales,
o si simplemente sientes que has llegado al lugar correcto —
me alegra que nuestros caminos se hayan cruzado. Será un gusto leerte.